Archivo de la categoría: nos escriben

Nicolás Buenaventura para el Déjame que te cuente

Fue hace varios años, recuerdo que llovía en Lima… Sí. Parece un recuerdo inventado… Lo sé, pero habría que decir, para empezar, que todos los recuerdos son inventos. La memoria es una máquina para inventar recuerdos. Y agregaría que, de todas formas, sí que llovía. Me habían dicho que en Lima no llovía, nunca, pero esa tarde llovía. Era lluvia… aunque puede ser que fuera eso que allá llaman garúa y que en el Valle del Cauca llamamos miaditos de ángel, pero era una garúa persistente y que, llámese como se llame, mojaba. Esa fue la primera experiencia: la garúa limeña, o por lo menos esa que me recibió, sí era lluvia y mojaba.

En aquellos años fui en cuatro ocasiones al Perú, por distintas razones, y quedé fascinado con el país y la gente. Recuerdo que me impresionó mucho el colchón de nubes que gravita sobre la ciudad de Lima, con promesas de aguacero que casi nunca cumple. Imaginé que los pilotos, cuando sobrevuelan la zona deben calcular: por aquí está Lima, y en ese momento cierran los ojos y se zambullen para ir a encontrar la pista de aterrizaje. En las estaciones en las que estuve, el colchón de nubes era tan denso que se me ocurrió pensar que los limeños piden un deseo no cuando ven una estrella fugaz sino cuando ven una estrella.

Una de las primeras cosas que hice fue decirme, de memoria, uno de los poemas más hermosos que he leído: Los pasos lejanos. Estaba en la tierra de ese señor poeta que volvió a inventar la lengua que me inventó.

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce…;
si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.

Mi padre despierta, ausculta
la huída a Egipto, el restañante adiós.

Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.

Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar, sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.

Y si hay algo quebrado en esta tarde,
que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.

Por ellos va mi corazón a pie.

Recuerdo que me pregunté si lo que caía aquel jueves en que murió César Vallejo, en París, sería el “versado” aguacero o una garúa, nostalgiándolo.

Hoy, que hago memoria… (como si se pudiera la memoria hacer y no fuera ella la que nos hace, o no… pero a los humanos nos gusta eso de hacer memoria, hacer tiempo y otras imposibilidades maravillosas) recuerdo los cebiches con canchita y la chichamora en un restaurante del centro, de cuyo nombre no me acuerdo pero quisiera, y sobre todo quisiera volver.

Recuerdo las papas a la huancaína.
Y recuerdo lo buena que puede ser una causa. Una buena causa.

Recuerdo a un hombre bailando una Marinera, nunca vi un baile tan complejo… Creo que se necesitan generaciones detrás para poder bailar una Marinera como se debe, me pregunto cuántas veces habría que resucitar…

Son tantos los recuerdos… pero sobre todo quiero traer a cuento un par de ellos.

En mi participación en el festival Déjame que te cuente, que empieza por darle una hermosa presencia a Chabuca, Cucha del Águila había llegado a un acuerdo con la embajada de Francia y era que ayudaban con mi pasaje si yo participaba con una conferencia en uno de los eventos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Traté de matizar el asunto diciendo que podía contar algunos cuentos, pero lo de los cuentos no les pareció, el acuerdo era una conferencia, los que participaban en el evento eran filósofos, sociólogos… y todos iban a dar una conferencia. Pienso que uno, como cuentero, se traiciona cuando comienza a explicar y deja de contar, además, lo de conferenciar no se me da bien, así que tenía muchas dudas y un montón de temores, pero quiso la suerte que fuera a ver una exposición acerca de la memoria y la verdad, en una casa derruida, con las fotos y los testimonios de los desaparecidos. No sé si la exposición todavía está, si la casa sigue en pie, pero sigo recordándola en presente; es una experiencia tan fuerte, tan brutal que se queda uno sin aliento; al mismo tiempo, el silencio que se queda con uno, al salir de aquel espacio, limpia… Recuerdo que sentí que en Colombia sería muy importante que nos sentáramos, con la verdad, en alguna mesa. Que le diéramos un espacio a la palabra de los desposeídos, de los desarraigados, que allá llamamos desplazados… Que hubiera un trabajo de verdad, de memoria y reparación. Que le ganáramos algo de terreno a la impunidad… Que dejáramos de lado, por un momento, el discurso de la seguridad y habláramos de justicia… El hecho es que me entró una necesidad grande de pensar el problema y enfrenarlo a mi manera, desde mi lugar, de contarlo, de hablarlo. Además, el señor que nos llevó en su auto a la conferencia, un gran amigo de Cucha, cuando le conté a qué iba a ese lugar, me dijo; Es muy importante que aparezca la verdad para que podamos olvidar. Fue fundamental, esas palabras me dieron el camino para poder hablar y contar en aquel evento. Porque al final fue eso lo que hice, conté unos cuantos cuentos y los tejí para que hicieran una conferencia, una charla. No podía hacerlo de otra manera, a nada le creo tanto como a un cuento. Haber contado en ese lugar, haber contado esos cuentos y lo que pasó con ellos fue fundamental para mí, para mis cuentos, desde entonces no cuento igual. Es una experiencia que me dio mucho que decir, mucho que pensar y que contar y que hoy agradezco.

También tengo otro recuerdo del festival, que no quiero olvidar, y es la presencia de las familias de Marissa y de Cucha. Le daban a todo un carácter que solo conozco una palabra que lo puede nombrar: entrañable.

Anuncios